Cuando la infección de oído es reciente —es decir, no se trata de una condición crónica— rara vez viene acompañada de acúfeno. En los casos de otitis media aguda (OMA), el tratamiento se enfoca primero en resolver la infección, que suele desaparecer en un plazo máximo de un mes. Si persiste, existen procedimientos quirúrgicos para solucionarla.
Que aparezca acúfeno como consecuencia del efecto de la infección sobre el sistema auditivo es poco frecuente y, en principio, no debe generar demasiada preocupación. Es importante distinguir bien de qué tipo de infección de oído se habla, ya que existen muchas afecciones distintas. Si el acúfeno persiste incluso después de completar el tratamiento y confirmar que la infección ya no está presente, entonces merece mayor atención, pues existe la posibilidad de que se vuelva permanente pasados uno o un mes y medio.
En otros casos, cuando una infección del oído medio —de origen viral o bacteriano— afecta las estructuras del oído interno, puede producirse lo que se conoce como laberintitis. Esta condición suele provocar mareos intensos cuando el sistema laberíntico del oído interno se ve comprometido.
El acúfeno puede aparecer en estos casos, aunque también de forma poco común, y tiende a volverse permanente. Por eso el tratamiento de la laberintitis debe realizarse con mucho cuidado; cuando se maneja correctamente, los casos de acúfeno permanente son muy escasos.
Otra enfermedad inflamatoria del oído es la otitis media crónica (OMC), en la que la inflamación se mantiene activa durante meses. En algunos casos de OMC puede desarrollarse además un tejido blando no maligno conocido como colesteatoma. Aunque no es canceroso, este tejido tiene un carácter destructivo: va erosionando progresivamente las estructuras óseas del oído medio, del oído interno o de la zona mastoidea detrás del oído.
Estas erosiones óseas pueden afectar estructuras vecinas y provocar acúfeno. Cuando la erosión llega hasta el seno sigmoide —la curvatura de la vena principal que pasa cerca del oído— el acúfeno suele percibirse como un zumbido de tipo vascular. Tanto en la otitis media crónica como en el colesteatoma, la erosión ósea puede llegar a alcanzar las estructuras del oído interno. Cuando las paredes óseas protectoras ya no forman una barrera anatómica suficiente, la infección y las sustancias tóxicas derivadas del proceso inflamatorio pueden dañar el oído interno y generar acúfeno.
Tras una infección de oído, ya sea aguda o crónica, puede quedar una perforación permanente en el tímpano. Esta perforación, aunque también de forma poco frecuente, puede causar acúfeno y una pérdida auditiva leve. Si la perforación y el acúfeno aparecen al mismo tiempo, esto sugiere que el acúfeno está relacionado con dicha perforación.
Sin embargo, si el acúfeno ya existía previamente, es necesario evaluar con cuidado si su origen podría estar en otra zona del sistema auditivo. Los resultados de las pruebas diagnósticas son clave para definir el tratamiento: si el problema está relacionado con el tímpano, lo primero es reparar la membrana; si no lo está, el tratamiento se orienta hacia otras causas.
Por todo esto, es fundamental analizar cada caso de forma detallada y realista, investigando a fondo antes de actuar. Lo primero siempre es tratar la infección de oído; el tratamiento del acúfeno pasa a un segundo plano hasta entonces. Un tratamiento incompleto, descuidado o insuficiente puede hacer que la infección progrese y que el acúfeno se vuelva permanente.
En nuestro enfoque, si el acúfeno está relacionado con una causa inflamatoria y la infección sigue activa, tratamos primero la infección y comenzamos el tratamiento del acúfeno una vez que vemos resultados. Pero si el efecto del acúfeno sobre las vías auditivas va más allá de la inflamación —es decir, si ya ha afectado otras partes del sistema— preferimos tratar ambas cosas de manera simultánea. En todo caso, nuestro enfoque y los principios del tratamiento se determinan según los hallazgos de cada paciente.





